D'Artagnan pidió entonces hablar con el señor Fouquet.
--El señor Fouquet no se cuidaba de tales pequeñeces, -- replicó
el dependiente dando con la puerta en
las narices del mosquetero.
Este, que previó el caso, había puesto la punta de su bota entre
la puerta y la jamba, de manera que no ju-
gó la cerradura, y volvió a encontrarse cara a cara con el dependiente
que, cambiando de tono dijo, entre
despavorido y cortés:
--Si vuestra merced desea hablar con el señor superintendente, vaya a
las antesalas, aquí está el escrito-
rio, a donde nunca viene monseñor.
--¡Al fin! --repuso D'Artagnan. --¿Y dónde están
las antesalas?
--Al otro lado del patio, --respondió el dependiente satisfecho de verse
libre.
D'Artagnan atravesó el patio, y preguntó a los criados.
--Monseñor no recibe a esta hora, --le respondió uno que llevaba
en una fuente de plata sobredorada
tres faisanes y doce codornices.
--Decidle, --repuso el capitán deteniendo al criado por el extremo de
la fuente, --que soy el señor de
D'Artagnan, capitán teniente de los mosqueteros de Su Majestad.
El criado lanzó un grito de sorpresa y desapareció seguido del
gascón, que llegó a tiempo para encontrar
en la antesala a Pelissón que, un poco pálido, venía del
comedor al encuentro del anunciado.
--No es nada desagradable, señor Pelissón, --dijo D'Artagnan sonriéndose;
--no es más que una libran-
cilla.
--¡Ah! --exclamó el amigo de Fouquet ensanchándosele el
pecho.
Pelissón asió de la mano al mosquetero y le hizo entrar en el
comedor, donde los amigos íntimos rodea-
ban al superintendente, colocado en el centro en un sillón con almohadones.
Allí esta ban reunidos todos
los epicúreos que poco tiempo antes hacían en Vaux los honores
de la casa, discreteaban y hacían ganar
dinero a Fouquet. Amigos alegres, cariñosos casi todos, no habían
abandonado a su protector al acercarse la
tormenta, y a pesar de las amenazas del cielo y del temblor de la tierra, estaban
allí, risueños, solícitos, de-
votos en el infortunio como lo habían sido en la prosperidad. A la izquierda
del superintendente estaba la
Belliere, y a su derecha la esposa; como si, desafiando las leyes del mundo
y las preocupaciones, los dos
ángeles tutelares de aquel hombre se hubieran reunido para prestarle,
en el momento crítico, el apoyo de
sus entrelazados brazos. La Belliere estaba pálida, trémula, y
atenta y respetuosa con la esposa del superin-
tendente, que con una mano sobre la de su marido, miraba con ansiedad hacia
la puerta por la cual Pelissón
iba a conducir a D'Artagnan. Este entró con actitud cortés, para
luego admirarse, cuando con mirada infali-
ble adivinó la significación de todas las fisonomías.
--Perdonadme que no os haya salido a recibir viniendo en nombre del rey, señor
de D'Artagnan --dijo
Fouquet levantándose y dando a sus últimas palabras una triste
firmeza que llenó de espanto el corazón de
sus amigos.
--Monseñor, --contestó D'Artagnan, --no vengo en nombre del rey,
sino para reclamar el pago de una
libranza de doscientas pistolas.
Todas las frentes se serenaron; menos la de Fouquet, que dijo al mosquetero:
--¿Acaso vos partís para Nantes, también?
--No sé adónde voy, monseñor.
--Pero, --repuso la esposa de Fouquet, ya tranquilizada, --no partís
tan apresuradamente que no nos
hagáis la fineza de sentaros en nuestra compañía, señor
capitán.
--Señora, sería una gran honra: pero me apremia de tal modo el
tiempo. que ya lo veis, no he tenido otro
remedio que interrumpir vuestra cena para hacer que me paguen esta libranza.
--Que será satisfecha en oro, --dijo Fouquet haciendo seña a su
mayordomo, que inmediatamente salió
con la libranza que le entregó D'Artagnan.
--No tenía temor por el pago, --repuso el mosquetero; --la casa es buena.
Fouquet se sonrió dolorosamente.
--¿Estáis mal? --preguntó la Belliere.
--¿El acceso? --dijo la esposa del superintendente.
--No es nada, gracias, --respondió Fouquet.
--¡Qué! ¿Estáis enfermo monseñor? --preguntó
D'Artagnan.
--Pillé unas tercianas en Vaux.
--¿La humedad de las grutas, de noche?
--No, por una emoción.
--Sí, la excesiva solicitud que pusisteis en recibir al rey, --dijo La
Fontaine con voz sosegada, sin saber
que decía un sacrilegio. --Nunca es uno bastante solícito en recibir
al rey, --dijo cariñosamente Fouquet a
su poeta.
--El caballero querrá decir ardor, --repuso D'Artagnan con amable franqueza.
--La verdad es, monse-
ñor, que nunca se ha ejercido la hospitalidad como en Vaux.
La esposa de Fouquet dejó comprender claramente, en la expresión
de su rostro, que si Fouquet se había
portado bien con el rey, el rey no había correspondido con el ministro.
